FRÁCTAMA - C. 4



IV


            Horas después de su llegada, Nang terminó de emplazar su base sobre la gran roca. Kram era un lugar de paso o una especie de no lugar. Nadie echaba raíces ni se instalaba permanentemente en él, pero su ubicación era estratégica porque ocupaba el centro de todos los túneles. Semejante al cuerpo de una araña y si ésta lo tuviera sería más preciso decir el ombligo del cuerpo de una araña. Desde allí, comenzaba a trabajar en lo que había imaginado por centurias.

            En su mesa de campaña arrojó unas cartas boca abajo, las ordenó en forma geométrica, las ajustó con fuerza para que no se separen y las dio vuelta. Las figuras parecían vivas, como si se tratara de personajes en movimiento enjaulados en un plano bidimensional. Toda una revelación para aquel que entendiera el significado. La cercanía entre las figuras y las superposiciones revelaban un sinfín de posibles realidades e interpretaciones. Entre las caras conocidas se encontraban Ral, Marás y por supuesto Áctavas. La semiosis era el arte que mejor le sentaba.

            El recuerdo de su compañera nunca la había abandonado. Momentos maravillosos y destellos neuronales de un pasado siempre presente. Largas charlas, búsquedas y descubrimientos se sucedían en ese tiempo de amor absoluto, fugaz pero eterno, que las abrazaba. Áctavas la llevó a conocer los misterios del interior de Fráctama; ríos que trepaban las rocas y corrían a su antojo dentro de esa burbuja mágica, montañas invertidas de las que colgaba vegetación y frutos diversos que servían de alimento al pueblo, el núcleo interno era transparente e irradiaba una luz blanca cargada de energía infinita; gracias a ella todo funcionaba como piezas de una gran ingeniería vital.

En esas recorridas, Nang comenzaba a sentirse confundida, embriagada de tanta belleza; era raro lo que le sucedía internamente. Hasta podría jurar que ya había visto todo aquello alguna vez, como si tuviera vestigios e imágenes rotas de un pasado inexistente. Por último, después de muchos cuestionamientos internos y preguntas incómodas de su amada, Áctavas también le compartió secretos inmemoriales negados a cualquier visitante, y Nang no era cualquier visitante. La anfitriona asumió en su confesión el caro precio que se puede llegar a pagar por amor.

Cuando fueron separadas se regalaron miradas y promesas de reencuentros imposibles. La escena fue muy dura para los presentes. En ese instante se partió en mil pedazos todo lo que hasta ese momento parecía eterno. Nang sabía muy bien la severa pena que debía cumplir su otra yo por haber desobedecido las leyes de Fráctama y eso le provocaba un inmenso dolor. Cuando los guardianes la llevaban nuevamente al inframundo ella desprendió de su cuello un relicario de arcilla y lo depositó en las garras de Nang sin más. Esa fue la última vez que se vieron.

            Recogió sus cartas del tablero con total tranquilidad. Todo debía ser exacto y ajustado al propósito. Su mirada era calma como quien sabe muy bien lo que tiene que hacer y prevé anticipadamente todo lo que va a suceder y de qué modo. Desplegó unos escritos con anotaciones propias de esas noches de desvelo interminables y completó unos cuencos con semillas y piedras para sostener las puntas de las láminas que se agitaban con el viento constante de Kram. Acto seguido, sacó de su saco metálico una campanilla color esmeralda y la hizo sonar una sola vez. En la torre recibieron la señal. El badajo golpeó con fuerza y produjo una campanada vibrante que dejó tranquilos a los sabios. Todo marchaba de acuerdo al plan.

Comentarios

Entradas populares