Tomadores de Luna
Tomadores
de luna, bebedores de vino, fumadores de cigarros y aspiradores del humo de las
islas. Soñadores de grandezas cotidianas, herederos del rocío, reidores de la
nada y del todo. Cómplices. Tenían pactado recibir a la luna llena desde hacía
un tiempo. Ese día de marzo no fue fácil para nadie y menos para ellos.
Trabajo, hijos, compromisos. Emprendieron el trayecto hacia la gramilla ya
tarde como para considerarlo un picnic. Sería más bien una cena a orillas del
río. Tendieron la manta, ordenaron los cuencos, los completaron con comida,
cortaron el pan con la mano. Descorcharon un buen vino, llenaron sus copas y
brindaron por la noche, la locura y por la blanca luz del cielo.
Dadores
de impulso, prestadores de oídos, compañeros de lágrimas, arquitectos de sitios
donde pueden depositar sus ideas y sentimientos. Estudiantes del otro para
aprender a ser, admiradores de palabras bien entretejidas que soportan como una
red a los equilibristas que se animan a soñar con desafiar sus propios límites
y miedos. La vida trabaja de manera misteriosa y rompe a mazazos los proyectos
que tuvieron. ¿La respuesta? Después de bajar al subsuelo, a lo más bajo que se
pueda llegar no queda otra que subir, subir y subir y en cada escalón volver de
a poco a sonreír; y una vez que se llega a la superficie la inercia los invita
a volar y para eso saben que no hacen falta las alas.
De
aquella primera charla en un parador de ruta habían transcurrido apenas unos
meses. El tiempo mejor invertido después de tanta ciénaga. La nave los trajo de
regreso pero ya no eran iguales, algo había cambiado, lo sentían. Quizá fue el
aire del mar, o los disfraces de una noche inolvidable. Traían en sus valijas
la mejor versión de ellos mismos y quizá también una promesa interior que
consistía en desafiar, animarse, sacudirse y sacarse de encima el óxido de la
rutina, juntar coraje, tomar envión y, por asalto, también el mando de sus
existencias. Al fin pudieron despojarse de esa estupidez de querer agradar a
todos. Primero se empieza por casa.
Se
conocen más que ellos mismos, saben cosas incontables, amasan su propio destino
y lo comparten. Se preguntan cómo están y se alegran de los logros del otro.
Rompieron el cascarón un día ya entrados en años. Se permiten lo que antes les
daría vergüenza. El vino está exquisito y el banquete aún más. Se recuestan
boca arriba mirando el satélite y descansan sus espaldas de tanto trajín.
Disfrutadores
de la brisa nocturna, guardianes de historias que nunca terminan, ladrones de
horas a los días, ilusionistas de mundos posibles, gladiadores de causas
perdidas contadas con libertad. Ya no hay fronteras en este caos que sabe a
armonías. ¿Quién apunta con el dedo a quién en el manicomio del barrio? Saben que
vibran en otra frecuencia y se les ve en la cara. La conversación sigue y sigue
como si no existiera el tiempo y para que dure para siempre se quedó a vivir en
este texto.
A mi cómplice en las letras
y gran amiga Eva Civillotti.
Pueden visitar su blog. Se los recomiendo:



Les comparto un relato que describe en gran parte el por qué de volver a escribir. Gracias a mí Cómplice y Gran Amiga @evacivilotti por darme el impulso. 🙌
ResponderBorrarMuy bueno Robert! Tenés algo que lográs, al menos en mí, de poder sentir lo que contás. Me encanta! Felicitaciones amigo! A seguir siendo creador de mundos, y gladiadores de causas (pérdidas o no) contadas con libertad! Nole
ResponderBorrarGracias Nole!!! Me gratifica muchísimo lo que me contás. Qué bueno es saber que me lee y rodea la gente que más quiero. Seguiremos imaginando entonces Amiga!!!
BorrarQue excelente relato, se siente y se vive cada palabra! Genio Robert! Te quiero amigo! Lo
ResponderBorrarGracias por tu devolución amiga! Te quiero mucho.
BorrarQue no haya más fronteras en este caos que sabe a armonías! Lo quiero frattini!
BorrarHay que abrir puertas y salir a vivir nomás. Nada nos detiene amiga. Yo también la quiero Aston!!!
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