1894

          

Impulsado por una marca en la piel, comencé a caminar por la casa recorriendo con mi vista sus paredes. Observé minuciosamente su textura, color, grietas y manchas. Transcurrieron unos cuantos minutos antes de darme cuenta de su mirada. Distante y cercana al mismo tiempo, en esa pared había algo que me inquietaba; esa sensación de sentirme observado.

No pude evitar el escalofrío como tampoco recordar en ese instante una situación parecida, vivida hacía más de veinte años creo, cuando no sé por qué razón caminaba por el cementerio un día cualquiera a una hora cualquiera leyendo los nombres y las fechas de las lápidas. Algunas tenían la fotografía del difunto, en otras encontrabas objetos personales. La mayoría estaba adornada con un arreglo floral a veces recién colocado, a veces marchito, a veces artificial. Todo esto rodeado por una atmósfera densa y desagradable al olfato.

En un momento, al atravesar un pasillo que separaba dos bóvedas familiares y terminaba en un templete rematado con una estatua de un ángel, sentí que mis piernas se aferraban al suelo y que una fuerza extraña me paralizaba completamente. Sin miedo, pero con intenciones de salir de ese sopor, comencé a girar lentamente mi cabeza para ver dónde me encontraba y qué era lo que debía hacer. Fue ahí cuando clavé mis ojos en una lápida antigua de mármol gris, con inscripciones grabadas en la propia piedra. Pertenecía a un hombre que había fallecido en 1894.

Pude girar mi cuerpo para enfrentarme de lleno a la tumba y en ese momento sentí que algo me atraía, pero no físicamente sino a mi mente, mi mirada, como si se produjera una especie de zoom o algo parecido entre ese lugar y mi cerebro que me acercaba sin moverme a esa presencia, a esa cesura. De repente, un perro, o lo que creí era uno, pasó por detrás de mí de una manera rápida y sigilosa. Cuando volteé a verlo ya era tarde. Volví a mirar la tumba, pero ya no estaba más; es decir, no sé si la tumba no estaba más o era yo el que ya no estaba parado donde estuve segundos antes.

Todo el lugar era diferente pero aún me encontraba en el cementerio. El tiempo había transcurrido más rápido de lo que imaginaba. La luz ya no era la misma y el frío comenzaba a hacerse notar. Esa fue una sensación que nunca volví a experimentar hasta ahora. Estoy aquí, parado, con mis manos frías, el tiempo ha transcurrido de una manera loca como si hubiese sido tragado por un vórtice o algo semejante.

Nunca supe el tiempo que realmente había pasado frente a esa tumba, tampoco sé qué sucedió en mi casa cuando me sumergí en ese recuerdo. La pared, la lápida, mi piel, todas marcadas de la misma manera, con esa figura incomprensible, ese signo nuevo o nuevo para mí. No comprendo su significado ni a qué clase de escritura pertenece. Es algo que tengo en mi piel, en mi pared y en mi tumba.


Fotografía personal:

"Mi mano, mi pared..."

02/2023

Comentarios

  1. La marca la llevamos presente cada uno y en cada momento. Se representa de diversas maneras en nuestro ser pero más que nada es aquella quién nos hace saber que por más que estemos perdidos somos quienes formamos parte de nuestra salvación y de nuestro camino.

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    1. Gracias por tu devolución!!! Para mí cada interpretación es una nueva historia. Tu aporte le da un plus de sentido a este relato. 🙌

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